domingo, 20 de julio de 2008

Capítulo 8 (II).Lisboa- Sintra- Cascais- Estoril – Lisboa.

2.

REIF: ¿Pasamos de las Cíes?

LUGAREÑA: Podemos ir en cualquier momento.

TENIENTE: Pues pasamos de las Cíes.


Tras unos cuantos días en Portugal y, sobre todo, tras ver el panorama en Lisboa y alrededores, nos dimos cuenta de dos cosas: las gafas de aviador están de moda; y siguen sin quedarle bien a todo el mundo. Menos aún a los unicejos, por más que se empeñen en colocárselas.

En Sintra también había, aunque los turistas eran mayoría. Antes de decidirnos a ver adonde íbamos de las muchas cosas a hacer en Sintra según la Biblia, fuimos a dar una vuelta por la ciudad, donde estaban las mismas calles empedradas de todos sitios y con las mismas cuestas que la Lugareña no tuvo en cuenta a la hora de elegir calzado, y a punto estuvo de quedar sin piños. Como no nos decidíamos y se nos hacía tarde, fuimos a tomarnos el vermú a una terraza donde la señora camarera esperó a que le pidiéramos para indicarnos que era prepagamento. Averiguamos después donde estaba la oficina de Turismo, pero tuvimos la mala idea de interrumpir la conversación que estaba manteniendo la señora informadora con una amiga suya, teniendo que esperar sólo quince minutos a que nos atendiera. Nos trató como a españoles, pero sólo la pusimos verde a sus espaldas, para que se diera cuenta de que efectivamente lo éramos.

Tras agenciarnos unos mapas y acertar por donde se subía al Palacio do Pena, emprendimos camino en coche, para equivocarnos y llegar a un precioso parque que estaba cerrado, pero por el que también había que pagar.

El Palacio do Pena es una creación casi de cuento de la Disney que por dentro es igual que todos los palacios, lleno de suntuosidad y muebles que sobran, y que por fuera es una auténtica obra de arte modernista, aunque fuera construido muchos años antes. Las vistas eran fascinantes y los guiris lo inundaban todo para quitarle la magia.

Volvimos perdiéndonos por los bosques, subiendo y bajando cuestas, para tomar algo justo en un chiringuito en la entrada, donde me volvían a hablar en inglés y optábamos por nuevas opciones, entre ellas el posponer nuestra marcha de Lisboa y dejar Cascais y Estoril para el día siguiente, pues, a pesar de que la Imbécil de Turismo nos dijo que podíamos hacerlo todo en un día, y nosotros vamos rapidito viendo las cosas, intuíamos que no íbamos a llegar ni de coña.

La siguiente parada era la Quinta de Regaleira, preciosa en fotos. No pudimos verla porque ese día cerraban antes, aunque la Imbécil de Turismo no nos había dicho nada cuando preguntamos. La Teniente quiso ponerle una reclamación de tres páginas, pero sólo cuando volviéramos porque, ya que estábamos, iríamos a Montserrate. Para lo cual, la Lugareña quería el plano:

  • Quién ha cogido el plano en inglés? Yo lo tenía en español- preguntó – Es que me he puesto a mirarlo y estaba pensando que antes no me costó tanto traducirlo.


3.

REIF: Me habeis engañado. Yo venía a ver palacios y no a andar por el campo [...] Tengo complejo de cabra montesa. [...] Como no adelgace con esto, juro que el plato básico de mi dieta va a pasar a ser el lomo en manteca de cerdo [...] ¡Soy una cabra montesa!


El Paris-Dakar debería realizarse un año en el camino entre la Quinta de Regaleira y el Palacio de Montserrate, aunque lo mismo habría muchos muertos. De todas formas, merece la pena. Es otra excentricidad de esas que hacen los poderosos a costa del pan de los pobres, esta vez en forma de palacio arabesco que está en reformas, aunque ahora permiten el paso, como bien nos explicó la agradable tiquetera, mucho más eficiente y encantadora que la Imbécil de Turismo. Y además por ello no se cobraba pagamento, que era solo para los jardines.

Porque además de excentricidades arquitectónicas, los reyes portugueses tenían la manía de hacer bosques como este o el del Palacio do Pena, llenos de árboles que no tendrían que estar allí, y que sólo valen para que los guiris estemos a punto de despeñarnos por caminos de tierra evidentemente mal indicados, son portugueses, no lo pueden remediar. En esos mismos jardines, que en realidad en este palacio conforman más bien una medio selva salvaje donde se escuchan hasta sapos, hay múltiples falsas ruinas, otro ejemplo de cómo malgastar el dinero del contribuyente.

La Lugareña se convirtió en la guardiana del arte, abroncando a un español que hacía fotos en el interior del palacio, y que nos había escuchado decir que todos los guiris se pasaban por el forro las prohibiciones de sacar fotos con flash:

  • Míralo, es que le da igual – dijo la Teniente.

  • Si es que es guiri, les da lo mismo – contesté yo, haciendo ambos gala de una pericia y una prudencia que, por supuesto, no desarrollaríamos nunca.

Encontramos una terraza en ese Palacio, donde la Teniente, que ya intuía barriga cervecera, decidió pedir un vino que, como era de esperar en una terraza con dos mesas, estaba pasado. Como a mi el haberme convertido en un tonel de tan preciada bebida no me importaba lo más mínimo, me dejé de tonterías y seguí disfrutando del preciado néctar de cebada.

Tras volver a tener otra nueva sesión de senderismo, eso que antes se llamaba caminar por el campo, regresamos a Lisboa a dejar el coche a tiempo en el aparcamiento, y a comprar comida para hacer cena en casa mientras Portugal jugaba con Alemania, y los alemanes se paseaban con camisetas de su selección por el centro de una ciudad en la que, intuíamos, no terminarían bien parados si ganaban.


2 comentarios:

Concha dijo...

Me gustaría informar a los lectores que Reif dejó de ser Rafa porque decidió que en Lisboa iba a ser inglés. A él le parece que el portugués se entiende mejor en inglés...y como a los nativos de cualquier parte les parece que él es inglés (no se dan cuenta de que cecea)...

Groupiedej dijo...

Ya había informado de ella, querida, en el capítulo siguiente, que no tienes paciencia ninguna, como todos sabemos. Lo de mi supuesto ceceo ya lo dejé claro al inicio de la historia, y, en el hipotético caso de que eso ocurriera de forma espontánea, cosa que no pasa, no me quita el más mínimo ápice de ingenio ni de hermosura. Me voy a dar unos besos con lengua al espejo.