viernes, 18 de julio de 2008

Capítulo 7. Lisboa.

1.

LUGAREÑA: ¿Y si cogemos la 12?

REIF: ¿Y si te tiro a la vía del tranvía?


A la Teniente le encantan los desayunos incluidos porque no tiene que buscar sitio para desayunar y porque no te ponen aperitivos (quesos mínimos, patés de sardinha de bote y aceitunas peídas) que tú crees de gratis pero que luego tienes que pagar a base de bien, que es lo que pasa en todos los bares de Portugal y que el día anterior nos habían salido por dieciocho euros.

Si además la fauna que lo puebla es variada, mejor, y en la Residencia donde estábamos había mucha y de muy variado tipo. Portugueses paticortos, portuguesas bigotudas, alemanes que no sabemos por qué no estaban torrándose al sol y muchachada varia, no hacían sombra, sin embargo, al Vigilante de las Tostadas. Como hacía tiempo que no nos inventábamos películas sobre nadie y el señor nos lo puso tan fácil, le tocó a él. Al parecer, entender el tostador de nuestra cafetería era tan complejo que el buen hombre era el encargado de identificar a los dueños de las tostadas, avisarles de que las sacaran, y explicar la forma correcta de usar el cacharro. No sabemos si le harían descuento por ello o le regalarían calcetines de dibujos que ponerse con sus sandalias, pero el caso es que en el momento en que llegaba, no se oía a nadie más que a él. A la Teniente le daba miedo, aunque lo que más daba era grima, por lo que a partir del segundo día se negaba a ir al tostador si el Vigilante de las Tostadas estaba presente. Su amigo, el Raro, simplemente ignoraba a la humanidad.

En Lisboa, como en todas las ciudades turísticas, todos los guiris llevamos la misma guía y hacemos lo mismo. Yo me había agenciado un plano de la ciudad y pretendía ir por libre, pero la Lugareña quería hacer lo que decía la Biblia y coger el tranvía 28 para subir al Castelo, a pesar de que la 12 pasó tres veces delante de nuestras narices, llevaba al mismo sitio e iba casi vacía. Cuando llegó la 28 vimos salir guiris hasta de las alcantarillas y decidimos coger una 12 que se aproximaba, para bajarnos de ella en cuanto vimos tejados y una terraza donde tomar el primer vermú de la mañana.

Un sol abrasador hacía que aumentara mi moreno albañilero encima de un mar de tejados rojos, banderas de Portugal y ropas tendidas. Lisboa estaba en fiestas y un montón de adornos coloridos y chabacanos inundaban unas calles preparadas para que los turistas se alegraran la vista con lo típico.

El Castelo de San Jorge es igual que todos los Castelos, pero más grande y mejor conservado, tiene unas vistas impresionantes de todo Lisboa y está lleno de gente haciéndose fotos, los primeros nosotros.

A la hora del segundo vermú decidimos buscar sitios menos de guiris recorriendo calles pintorescas, de esas que preparan a conciencia para que salgan bien en las postales, y llegando a una preciosa cafetería con un camarero portugués y guapo aunque paticorto y que además estaba encantado de conocerse, por mucho que los guiris fueran todos muchísimo más guapos y yo me planteara nuevamente qué hacía sin haber ido de vacaciones a Alemania todavía.


2.

LUGAREÑA: Yo porque ya no fumo, pero si no fumaría.

REIF: ¿Y si me detienen?


Por primera y única vez hicimos lo que habíamos decidido hacer y tras ver el Castelo por la mañana, nos fuimos al barrio de Belem por la tarde, vía tranvía, a seguir torrándonos al sol mientras hacíamos fotos. El Monasterio de los Jerónimos nos impresionó tanto por fuera como por todas las zonas interiores donde no había que hacer pagamento, porque estábamos rácanos y hartos de tanto tiempo sin cervezas. Caminamos muchísimo a pleno sol, cruzamos pasos elevados sobre autopistas, y subimos y bajamos unas cuantas escaleras porque con las de la residencia no nos daban para desarrollar los gemelos, hasta llegar a la torre de Belem, cubierta por una especie de bollas espantosas de colores que, suponemos, tenían que ver con la celebración. Allí me enamoré perdidamente de un chaval de probable origen germánico que sólo tenía ojos para su novia, el muy asqueroso. Y cuando llegamos al Monumento a los Descubrimientos, buscamos una sombra como el comer, por más que estuviéramos a punto de salir volando y caer en las aguas fecales de Lisboa, que deben estar por allí porque solo huele a eso. Yo intenté hacer la foto que venía en la Biblia sólo para darme cuenta de que mi cámara no es profesional, pero me quedó bastante bien.

Y de vuelta al barrio, nos metimos en una tasca de portugueses para seguir tomando cervezas y comer algo para prevenir desmayos. Nos volvimos a dar cuenta al ir al baño que estábamos bebiendo demasiada poca agua y nos propusimos, a partir del día siguiente, hacer uso de las botellas que transportábamos en los bolsos para hacer más duro el entrenamiento.

En Lisboa está muy de moda esa costumbre de las ciudades europeas de ir ofreciendo distintas sustancias psicotrópicas por la calle, pero, si bien en Holanda, por ejemplo, eres tú el que tiene que hacer caso a la llamada del traficante en cuestión, en Lisboa ellos mismos son los que van a buscarte con el pedrusco de costo en la mano e incluso te persiguen como vulgares pedigüeños. A las mujeres son más comedidos y sólo les ofrecen eso, pero a los señores, que somos mucho más degenerados como todo el mundo sabe, pasan a la coca y al cristal directamente, y ya si no, y sobre todo si eres español, bajan a la maría. Si uno quiere que nadie se de cuenta de que va colocado, te venden gafas de sol también. E interpretan cualquier señal, aunque sean inexistentes, como una demanda clara, como me pasó días después mientras tomaba una cerveza en una terraza y me quedé mirando de lejos a dos traficantes que parecían estar buenos, e inmediatamente vinieron a ofrecer todo tipo de drogas ilegales. Además se debe suponer que tenemos que tener ojo para ver a cincuenta metros a qué se dedican, porque como no les compres te ponen cara de perro. En el camino a nuestra residencia, incluso, observamos redes de amigos que pedían céntimos para llamar por teléfono mientras otro te intentaba vender mierda. A mi me recordaban a las de cubanos con los paladares.

Intentamos conectarnos a internet en nuestra residencia, pero un hombre extraño estaba viendo un partido de fútbol y no nos dejó. Estábamos hogareños y queríamos cenar en casa para salir después, aunque yo sabía que no pasaríamos de la cena. Compramos porquerías en un veinticuatro horas, y nos cascamos no se cuantas cervezas y una botella de vino verde que lograron que hiciéramos confesiones que no reproduciré porque con la tajada no las recuerdo, pero que a algunos nos dejaban en bastante mal lugar. O bueno, según se mire. Además de lograr que por fin me saltara una ley antitabaco que ya me estaba tocando bastante las narices.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

JEJEJE... Que gran diario de viaje!!. Impresionante Lisboa, verdad?
Sigue escribiendo que es muy divertido!!!!!

Groupiedej dijo...

Seguiré, seguiré... De hecho ya está todo escrito, a falta de publicar para que no sea mucho de una vez. Un besito.