jueves, 17 de julio de 2008

Capítulo 6 (y III). Coimbra-Pombal-Leiria-Fatima-Batalha-Lisboa

3.

TENIENTE: ¿Ese quién es?

REIF: Pio XII.

TENIENTE: ¿Quién fue ese?

REIF: Uno que poco más o menos justificó el Holocausto.

TENIENTE: Menudo hijo de puta.


Fatima estaba lleno de españoles, pero tuvimos la precaución de decir estas bonitas palabras fuera del alcance de oídos ajenos, no fuera que el Opus se pusiera manos a la obra con nosotros.

Espectáculo bochornoso y chabacano, y donde hay que pagar hasta por respirar, la Iglesia de Fatima se erige al fondo de una explanada dos veces más grande que la de San Pedro del Vaticano, en una pendiente que padres bajan de rodillas, acompañados de sus hijas menores de edad.

- Y esa niña, yendo también de rodillas... Es para llamar para que intervengan los Servicios Sociales. - dijo la Teniente, a la que yo creía que íbamos a tener que quitar el móvil, aunque no terminara de llegar la sangre al río.

Lo típico se unía con el espectáculo dantesco y el frikismo, en unas vitrinas donde se exponían las velas en formas de partes del cuerpo que se podían quemar dependiendo de las dolencias, y tullidos múltiples pedían unas recuperaciones que yo dudaba que tuvieran después de respirar la humareda de las velas, sino que influirían más en el alivio de sus males vía cáncer galopante de pulmón.

Mientras hacíamos graciosos chascarrillos religiosos con la prudencia digna de quien no la tiene nunca, íbamos contemplando un paisaje megaloide y antiestético donde se mezclaban, sin ningún tipo de pudor, mármoles, hierros forjados, y cristales con aluminio, con un sentido de la estética harto dudoso hasta para el que no tiene ninguno.

Ya que estábamos allí, y dispuestas mis niñas a llevarles regalitos a las madres, motivo, aducían, último de la visita, buscamos las tiendas de recuerdos, para que la Teniente le comprara a su madre agua de Fatima (muy milagrosa) y la Lugareña una horrible bola navideña con la virgen de Fatima. Yo continuaba buscando una libreta con la Virgen de Fatima, pero como no la encontré, y había unos rosarios francamente espantosos, me decidí a comprar uno de ellos, de cristal auténtico, con vista a ser usado en distintos acontecimientos, algunos de ellos so pena de excomunión, que me reservaré de momento.

Huimos de Fatima camino de Batalha dándonos cuenta de que puede que fuera la ciudad más próspera de Portugal a la vista de las mansiones que adornaban a ambos lados la carretera, por más que la finalidad de la Iglesia sea absolutamente altruista.



4.

LUGAREÑA: ¿Vamos a buscar el sitio que dice la Biblia?

REIF: Aquí hay sandwiches y crepes.

LUGAREÑA: Pues aquí mismo.


Batalha es todo un descubrimiento. La ciudad se distribuye en su centro alrededor de una abadía construida a raíz de la victoria en no se qué batalla, de clara inspiración inglesa. Y es que ya sabemos que los portugueses han tenido mucha amistad con todo lo anglosajón, como bien demuestra su ley antitabaco.

Circundando a ese fantástico monasterio se hallan una serie de calles peatonales preciosas que, ni por asomo, le hacen sombra a la maravilla arquitectónica que preside la ciudad. Además todo era llano, que fue lo que más nos gustó.

  • ¿Y esos? - dije yo, que seguía buscando con tal de que la Teniente no perdiera la esperanza de poder ganarse la vida con un 906.

  • El coche es de aquí, pero seguro que es alquilado – respondió ella.

Porque en el fondo el que nos gustó fue un alemán cuarentón y canoso con mujer, hija y suegros, que estaba tomando algo en el mismo sitio en que nosotros habíamos decidido tomarnos el segundo vermú.

Tras darle toda la vuelta a la abadía y las calles circundantes con tal de encontrar algún sitio para comer algo, y a pesar de que la Teniente quería entrar en una casa de caldos, porque llevaba ya doce horas sin tomarse una sopa, nos sentamos en otra terraza donde servían todo tipo de porquerías con las que saciamos el hambre y éramos amenizados por un grupo de escolares y sus profesoras que habían ido allí a comprar helados.

  • Si es que hasta los niños son feos – concluyó la Lugareña, ya muy recuperada gracias a seguir mis consejos, por más que ella se empeñara en que había sido un milagro producto de nuestra visita a Fátima.



5.

LUGAREÑA: Hay dos tipos de fados, el de Coimbra, que es de Coimbra, y el de Lisboa, que es de Lisboa.

TENIENTE: Menos mal que la Lugareña se está poniendo al día, porque si no, no se qué hubiéramos hecho.


Una vez recuperada de su catarro, la Lugareña dejó su sitio en el asiento de atrás para coger las riendas del pilotaje, reclamando mi puesto como copopiloto ya que la Teniente llevaba ya días haciendo gala de un inexistente sentido de la orientación.

Pusimos rumbo a Lisboa vía autopista, para llegar al vermú de la tarde, y volvimos a consultar la Biblia y el mapa de carreteras para intentar llegar bien a la Avenida da Libertade, donde estaban los alojamientos que nos habían gustado. Y, para no perdernos, seguimos la ruta más larga, vía A5 y que tras treinta kilómetros que nos hubiéramos ahorrado continuando por donde íbamos, nos llevó justo adonde queríamos llegar. A mi me encantó la idea, pero mis acompañantes, que prefieren hacer los mismos kilómetros de más perdidas por los sitios, estuvieron al borde del colapso nervioso.

Tras visitar la primera opción, la Residencia Alegría, donde ya empezaba a comunicarme en inglés, y donde no tenían lo que queríamos para cinco días, conseguimos un estupendo apartamento en un cuarto piso sin ascensor en la Residencia Roma, donde pasar los cinco días que íbamos a estar en Lisboa con cierta comodidad y logrando unos gemelos que serían la envidia de cualquier futbolista. El coche lo dejamos en un aparcamiento apalabrado con el hotel, donde nos lo guardaba un simpático padre que guiñaba el ojo a la Lugareña y nos echaba la bronca para que no llegáramos después de las ocho, hora a la que cerraba el chiringuito.

El chaval de la recepción, mono, aunque retaco como todos, nos aconsejó varias cosas que hacer y varios sitios adonde ir, entre ellos un restaurante donde cantaban fados y adonde yo no tenía mayor intención de ir.

Una vez instalados, marchamos a conocer los hombres guapos de la capital, que no sabíamos donde se habían ido esa noche, pero no encontramos por ningún sitio. Subimos por la primera cuesta que vimos, para no perder entrenamiento, y fuimos conociendo una ciudad a la que todos teníamos muchas ganas de ir.

La Lugareña, como dije antes, recuperada por fin, había quitado el precinto del vuelo a su maleta esa mañana, con lo que, con el entusiasmo del inicio del viaje, estaba ya aprendiéndose la Biblia y vio una señal cuando encontramos el restaurante de fados que nos había recomendado el retaco de recepción, así que hubo que entrar. Vimos una señal para salir huyendo allí en cuanto nos sentamos y vimos los precios de la carta, pero como nos trajeron los aperitivos y nos puede la vergüenza, allí nos quedamos sentados, pagando un precio de absoluto imbécil por unos arroces que no merecían ni la mitad mientras unos divos fadistas venidos a menos nos cantaban en la oreja. Lina Santos demostró lo mala que es la histeria, y Natalinho pretendió que yo cantara con él para divertimento de los camareros. La tragedia, sin embargo, se mascó cuando salieron a bailar unos ancianos, uno de ellos con un problema neurológico claro, que hubieran estado muchísimo mejor en cualquier hogar del pensionista y, sobre todo, hubieran corrido mucho menor riesgo de partirse la cadera.

Después de haber hecho la estupidez y salir sin un duro del restaurante, como nos podía la vergüenza, nos marchamos a casa pasando al lado de cantantes de fados que cantaban en la calle y a los que la Teniente dejó propina, y mimos que fumaban lo que en todos los hoteles portugueses no te permiten. Yo sugerí al día siguiente comenzar a alimentarnos poniendo la boca al sol, aunque a la Teniente le pareció mejor idea robar comida del desayuno, y la Lugareña prefería callar no fuera a ser que la apaleáramos.

  • ¿El año pasado hicimos alguna vez el primo? - preguntó la Teniente.

  • No paramos – contesté yo.


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