viernes, 11 de julio de 2008

Capítulo 3. Gijón – Santiago de Compostela.

1.

TENIENTE: Yo creo que todavía tengo alcohol en el cuerpo.

REIF: Pues no me puedo imaginar de qué.


El sol brillaba en el horizonte, y nuestros oscuros presagios acerca de no poder ir a las Cíes se disipaban. Gijón con sol gana, y nos dio pena tener que emprender el camino de Santiago, donde ya teníamos reservado hotel.

El sol, además, había hecho estragos sobre los efectos de la noche anterior, como bien pude comprobar en un cajero interno que había sido usado como improvisado miccitorio. Pero todo se veía mucho mejor, incluso las vistas desde la habitación.

La Teniente aprovechó mientras yo me despertaba para ir a su casa, en Avilés, y dejar cosas que había cogido de más. Volvió con su cepillo de dientes y más ropa de la que se había llevado para llegar a la hora justa de dejar el aposento.

Desayunamos en una cafetería cercana al hotel que contaba con un café mínimo y una de las camareras peor encaradas que me he encontrado jamás a las doce de la mañana. Después de saciar el estómago a base de café, emprendimos camino a Santiago en el que, según lo acordado entre ambos la noche anterior, haríamos parada en Oviedo para intentar comer con la Ausente, a la que dejamos recado en el buzón de voz.

Oviedo parece más señorial que Gijón, pero la población parece tener un aire más... pueblerino (iba a decir catetoide, pero creo que ya debo estar cabreando a demasiada gente), aparentemente también, por mucho que tengan un mercadillo fashion con ropa ideal (y carísima) de corte hippioso. No obstante, es una ciudad ideal para dar un paseo agradable, donde un sábado por la mañana puedes salir en la foto de familia de una boda que se celebra en el ayuntamiento (la Teniente no me dejó, pero yo quería) y hay cafés con encanto donde tomar el vermú mientras ancianas que han desayunado a tu lado te intentan vender flores.

Mientras buscábamos sitio para comer, porque el que pretendíamos estaba cerrado, y continuábamos intentando localizar a la Ausente, un señor que previamente habíamos observado, borracho como un chucho, se decidió a dormir la mona en la calle para que pudiéramos ser testigos de una escena que hubiera hecho las delicias del mismísimo Valle-Inclán.

  • Seguro que le ha dado un paro cardiaco- decía una señora.

  • Es que somos unos perros y unos inhumanos – vociferaba otra señora al lado suya, ambas convenientemente apartadas a veinte metros del señor, mientras sonaba Asturias, patria querida en la catedral anunciando la hora de comer.

  • ¿No hay nadie que llame al 112?- volvió a decir la primera señora.

La Teniente estuvo a punto de preguntarle que qué clase de discapacidad le impedía hacerlo a ella, pero yo estaba más por la labor de salir indemnes del trance, y como alguien hizo ademán de avisar al dispositivo de emergencias, nos quedamos tranquilos y nos alejamos.

Cuando conseguimos hablar con la Ausente, ésta iba ya camino de Sotrondio, pero cambió de opinión y se vino con nosotros que, como todo el mundo sabe, somos mucho más divertidos que todo lo que pueda pasar en su pueblo. Quedamos con ella en el ayuntamiento, en parte para ver si las señoras seguían allí, y a su encuentro fui cuando nos llamó al bar donde estábamos intentando reservar mesa.

No se por qué extraño motivo a mi me dio por pensar que la Ausente se iba a poner a esperar en medio de una plaza inundada por el sol, y comencé buscando por allí. Yo miraba a derecha e izquierda y toda la gente presente se preguntaba si es que yo quería localizar al hombre invisible, pues no parecía haber otra cosa en las direcciones en las que miraba. Cuando ya lo daba por perdida, al volverme para ir al bar, descubro a la Ausente a veinte centímetros de mi, mirando al horizonte a pesar de que mi cabeza se lo impedía. Debió quedar tan fascinada por mi nuca y mi camiseta roja que no fue capaz de darse cuenta de que era yo hasta que la saludé. Estuvimos a punto de solicitar cita conjunta para el oculista, pero, como nos dio la risa y no nos iban a entender, nos fuimos a buscar cerveza.

La Ausente confirmó su inasistencia a cualquier parte del viaje, a pesar de que habíamos vuelto a planificar cambios durante la mañana. A mi las despedidas me ponen triste, así que me pedí otra cerveza, y el camarero se dio cuenta del trabajo que le iba a dar. También nos contó su previsible discusión dialéctica con A.T., a la que casi estuvo a punto de arrancar la cabellera. Para calmar los ánimos, volví a sacar todos mis conocimientos en comunicación y mi lado perverso para dar estrategias para destrozar el ego de la susodicha y de cualquiera que se se le parezca. La Ausente no confiaba plenamente en no convertirse en un sioux, pero prometió intentarlo.

Cuando consideraron que yo ya estaba suficientemente borracho, iniciamos despedida y todos supimos lo divertido que podría haber sido el viaje si la Ausente no se ausentara.


2.

REIF: No me lo puedo creer. Estamos llegando al mismo sitio.

TENIENTE: En cuanto llegue al hotel, me voy a echar en la cama a llorar.


El camino a Santiago fue muy entretenido gracias al Ministerio de Fomento, que había optado por levantar todas las carreteras del norte de España a la vez, haciendo que el recorrido pareciera una montaña rusa. Suponemos que las líneas de la autopista del noroeste también las iban a pintar cuando terminaran de arreglar el resto, porque no había ninguna cuando pasamos. Para comprar la pintura usarán el dinero de un peaje que si no es por eso, no tiene mayor sentido.

Teníamos una ruta para entrar en Santiago, que nos saltamos porque las buenas costumbres hay que respetarlas. La Teniente, por una vez en la vida, mostró un sentido de la orientación que nunca más se volvería a ver, y llegamos más o menos adonde queríamos llegar. Al ir a aparcar cerca de una casa que parecía nuestro hotel, pensó que había sido demasiado fácil y emprendió rumbo no se adonde, sin siquiera dejarme mirar el nombre del sitio, con lo que nos pusimos manos a la obra a hacer suposiciones y a dar vueltas. Aparcamos, por fin, en la Rua San Pedro, y fuimos a buscar el hotel a pie, para encontrarnos con que, efectivamente, era ese en el que habíamos estado en coche diez minutos antes, y enfrente del cual pudimos ver a Luis Tosar camuflado.

Y ahí fue cuando de verdad cumplimos nuestra penitencia. Porque el Concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Santiago ha decidido que todos los caminos deben llevar a la Rua San Pedro (como todos sabemos, el primer Papa de Roma), y durante cuarenta y cinco minutos anduvimos dando vueltas con el coche probando todas y cada una de las pocas opciones posibles para terminar siempre en el mismo punto. La Teniente vio finalmente un cartel que indicaba a la vez el centro ciudade y una calle cortada. Como era la última opción antes de aparcar en cualquier sitio y buscar un taxi, y no había nada que perder, la tomamos y conseguimos así llegar al hotel y aparcar en un sitio decente.

Nuestro herido orgullo nos impidió reconocer al recepcionista/dueño del hotel el motivo de nuestra tardanza, así que con una falsa sonrisa tomamos nuestros aposentos en el Hotel Costa Vella, uno de esos hoteles con encanto, pequeños y acogedores, que a mi tanto me gustan.

Como ya llevábamos demasiado tiempo sin beber, nos arreglamos todo lo rápido que la fatiga post-desesperación nos permitió, y encaminamos nuestros pasos a donde se suponía que estaban los bares donde comer algo, aunque a mi lo que me apetecía era emborracharme. Una pareja a la que preguntamos nos guió a veinte metros por delante nuestra, y cuando llegamos, dada la hora que era, estaban la mitad cerrados.

Comíamos como cerdos en uno de los pocos abiertos cuando fuera se iniciaba el diluvio, así que hubo que beber más. Y como no paraba de llover y nosotros seguíamos sin paraguas, vimos que la mejor forma de continuar camino era haciendo paradas en los bares. Una pena que los dueños de casi todos los bares de la zona hubieran decidido que lo que tenían ellos que hacer era irse a dormir.


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