jueves, 5 de julio de 2007

Estación de paso: Viñales

Lema del día: "Ponte el cinturón. Prótege tu vida. Tu seguridad es muy importante"









Bohío, casa típica cubana.





En medio de nuestra estancia en La Habana queríamos hacer excursiones. Hablamos para ello con los del rent a car de nuestro hotel, que, tras una hora esperando, nos derivaron al del hotel Habana Libre. Teneis que tener en cuenta que en muchos sitios de alquiler de coches no alquilan por menos de tres días, y en algunos, con limitación de kilómetros. Por eso, sin limitación y para un día sólo te la meten doblada, que fue lo que nos pasó a nosotros.

Los señores del rent a car fueron, sin embargo, muy amables, y nos dieron muchas explicaciones acerca de cómo llegar a nuestro destino (un pueblo llamado Viñales), sobre todo porque no hay manera de salir de La Habana si no conoces el camino, puesto que los carteles de indicaciones son inexistentes. En el resto de la isla hay pocos, pero por lo menos los hay. Como estábamos empeñados en ganar un premio por listos, y creíamos que todavía llevábamos pocos puntos, hicimos caso omiso de las indicaciones del rentacartista, y nos saltamos la autopista dos veces, terminando perdidos por medio de Pinar del Río provincia (al oeste de la isla), llegando a pueblos donde no sabían lo que era un turista. Gracias a la amabilidad de algunos lugareños (porque si teníamos que depender de nuestra pericia íbamos listos), conseguimos darnos cuenta de nuestro error y dar la vuelta por carreteras secundarias (que en Cuba es un bonito eufemismo para describir caminos con algo de asfalto), y llegar a la autopista.

La autopista en cuestión es un proyecto que se abandonó en 1990, cuando "cayó el socialismo". Es decir, la financiación era soviética, y, tras la perestroika, se acabó el carbón. No hay líneas, no hay mediana, casi no hay asfalto, los carriles son un poco imaginarios y por supuesto no se llegó a acabar. Encontrar dicha autopista creyendo que iba a ser como de las occidentales era una locura. Claro, que llamar a eso autopista también lo es.

Una vez encontrada pasamos por el parque nacional de Las Terrazas y por Soroa (un jardín botánico con un orquideario supuestamente grandioso), que decidimos dejar para la vuelta. Porque primero íbamos a Viñales.

Para llegar al pueblo teníamos que pasar por P
inar del Río ciudad. Ya nos había advertido el rentacartista que en Pinar del Río "sólo hay pinareños, y son todos muy feos". Por si nos perdíamos algo, porque eso de confiar en la bondad de los desconocidos no es lo nuestro, sacamos la Biblia. Aterrados por la perspectiva de los "violentos jineteros" salimos corriendo en el coche, sin hacer caso de ninguno de los ataques de chavales en bicicleta (algunos de ellos muy guapos, todo hay que decirlo, si no nos fiamos es por algo) que nos indicaban, sin nosotros preguntar, los múltiples caminos que conducían a Viñales, que debía ser como Roma. Como estábamos cagados de susto, no fuera a ser que nos fueran a violar en bici o algo, decidimos preguntarle a un agente de la autoridad que pillamos por allí, y nos indicó un camino que contradecía a todo lo que nos habían dicho antes. Lo tomamos.

El camino a Viñales fue precioso. Un valle verdísimo, con casas desperdigadas (los bohíos, no llamar bollos, que en Cuba se refieren a la genitalidad femenina, ya nos lo advirtieron), y muchas curvas, por lo que Conchita, que viaja mucho, pero no se nota, estuvo a punto de morir de fatiguitas (entiéndase náuseas). Además el tiempo se iba poniendo cada vez peor, con lo que el verde adquiría un tono más verde, y nosotros empezamos a temer que nos cayera el diluvio universal. Así fue. Llegamos a Viñales deseosos de estirar las piernas y tomar una cerveza, y, una vez localizado el único restaurante, aparcamos enfrente y estiramos las piernas hacia allí. Sobre todo porque había empezado a llover, no vayan a pensar que es que somos unos alcohólicos o algo.

Comimos en el único restaurante de Viñales, que tampoco daba para más (como bien decía la Biblia, a la que ya empezabamos a no verle utilidad), mientras llovía, llovía y no paraba de llover. Conchita aseguraba que iba a ser media hora, pero por lo visto el tiempo no tenía intención de darle la razón y no dejó de caer agua en todo el día y parte de la noche. Como no queríamos irnos sin ver el pueblo, nos montamos en el coche y nos fuimos a dar una vuelta, mientras yo, con la ventanilla abierta, intentaba hacer fotos (sobre todo había que demostrar que habíamos estado allí), poniéndome pingando (no utilizar esa palabra en Cuba, pinga se refiere a la genitalidad masculina, y les hace mucha gracia) para tener un recuerdo. El pueblo nos parecíó una auténtica preciosidad, y la gente parecía amable, aunque tampoco tuvimos oportunidad. Decidimos que era una de las cosas que nos iba a quedar pendiente y dimos media vuelta camino de La Habana. Nos quedó pendiente también Las Terrazas y Soroa. Yo no tenía claro que fuera a volver algún día, pero tampoco quería morir ahogado, así que no me opuse.
He aquí unas instantáneas del pueblo de Viñales:




Una vez pasamos Pinar del Río empezó a llover de verdad. Emulando a Carlos Sáinz, hicimos un rally por la llamada autopista camino de La Habana, donde vimos claramente los efectos del aquaplanning, que a punto estuvieron de acabar con nosotros. Entre las imágenes más espeluznantes, y pongámonos serios por una vez, estaban los camiones. Parece ser que los camiones tienen la obligación de transportar gente que se van encontrando en la carretera. Y los transportan también lloviendo, sin techar, por supuesto. En realidad, era lo que todos habíamos visto, pero creíamos que no existía.

No sabemos cómo, cogiendo lo que suponíamos que era el camino correcto, terminamos atravesando La Habana entera. Salimos por el lado noroeste, y entramos por el sudoeste, Fuimos a barrios donde no ha pasado un turista en siglos, y dimos vueltas y vueltas buscando indicaciones que no existían. Un lugareño al que nos decidimos a preguntar al cabo de una hora conduciendo (ya he dicho que nos queríamos ganar un premio por listos) nos indicó que para llegar a nuestro destino, teníamos que seguir todo recto, así que seguimos rectos y fuimos preguntando a un lugareño detrás de otro hasta que nos convencimos de que no nos estaban engañando (no vayan a creer que no costó). Todo ello por no hacerle caso a Mari, que, muy inteligentemente, ya había advertido "yo creo que hubiera sido más fácil tirar para el malecón". Claro que tampoco había tenido en cuenta que era allí donde no sabíamos llegar.

Tras dos horas cruzando una ciudad imposible, y llegar empapados, decidimos comer algo y descansar, que ya era mucho trote. Y al día siguiente nos íbamos de viaje.

[Nota: Como habreis advertido, hoy estoy más fino, y no digo polla ni coño. Es que me he dado cuenta de que digo muchos tacos y voy a intentar mejorar. No lo prometo]
[Otra nota: Lo que escribo se configura y desconfigura como le da la gana, así que si un día no tengo ganas, lo pongo como salga y me lo perdonais. Ya está]

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